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8 de enero de 2016

Un rincón de Chorrillos para dejar el tiempo pasar


Las ciudades siempre nos abruman con tanto asfalto, cemento y modernidad. Todos van apurados  de un lado a otro, concentrados en sus propios pensamiento o en las pantallas de sus teléfonos, cada vez es más difícil interactuar así de la nada con otras personas o con la misma ciudad. A pesar de todo eso siempre hay lugares escondidos, pequeños rincones donde el tiempo parece que se detuvo y la gente va más lento y la naturaleza todavía no se deja conquistar por el concreto.

Sin querer me tope con un lugar así. Terminaba noviembre y los rayos de sol ya se dejaban ver en el cielo limeño. Aprovechando el calorcito fuimos a la playa, a Agua Dulce, en Chorrillos, y estuvimos un rato allí jugando en la arena. Cuando nos aburrimos de la playa fuimos a caminar por el malecón y llegamos hasta el terminal pesquero. Nunca antes había estado allí y fue como cruzar a una dimensión paralela.

Lo primero que vimos fue el movimiento natural por la venta del pescado. Vendedoras que te llamaba de todos lados, muy cordiales, para que puedas ver la variedad de pescados que ofrecían. Amistosos jaladores que nos trataban de convencer para que fuéramos a comer algún plato con pescado fresco a los restaurantes. Las gaviotas y los pelícanos también se veían amistosos, no se asustaban con las personas y vigilaban atentos si un poco de pescado caía al suelo para comer. 

Luego de cruzar el alboroto y bullicio de los puestos de pescado pude contemplar los botes de pesca que flotaban silenciosos e impertubables en el mar, por unos instantes olvidé que estaba en la ciudad, mucho menos pensé en el club que teníamos al costado. Yo me sentía en cualquier recóndito y solitario puerto, menos en Lima. Pero claro, esa sensación no duraría demasiado, levanté la mirada, enfoqué hacía el fondo y allí estaba otra vez la gran ciudad.


Aquí adelante el tiempo pasa lento. Allá atrás, a nadie le alcanza el tiempo.

Ese día no había llevado la cámara y no pude captar todos esos contrastes: el bullicioso mercado al costado del "exclusivo" club, y el puerto artesanal frente a una ciudad con grandes y modernas construcciones. Por eso, lo primero que hice al llegar a la casa fue meter mi cámara en la maletera de la moto. El plan sería escaparme un rato del trabajo a la hora de almuerzo e ir hasta Chorrillos a ver si lograba capturar ese paisaje tan de pueblo dentro de la ciudad.

A pesar del sol que gozamos ese fin de semana, el clima no estuvo de mi lado los días que siguieron. Hasta que al fin el miércoles se veía favorable, aunque por la oficina el cielo estaba nublado a lo lejos Chorrillos se veía despejado y soleado. Corriendo fui al estacionamiento, monte en la moto y rápidamente conduje hacia el terminal. Sólo disponía de la hora de almuerzo y tenía que regresar a tiempo pues ese día nos daban nuestro bono por navidad.

Cuando llegué el calor era infernal, más aún porque estaba con casaca así que de inmediato guardé las llaves de la moto en el bolsillo de la casaca (costumbre que se me hizo necesaria pues en dos ocasiones ya había dejado las llaves puestas en la moto, felizmente con un tranquilizador desenlace), abrí la maletera de la moto, saqué la cámara, me quité la casaca y la puse en la maletara, y muy contento fui hacia los puestos de pescados.

Al parecer había llegado muy tarde, no había gente y no había pescados, así que del terminal no nada pintoresco para capturar en foto. Felizmente los botes y pelícanos no me defraudaron y me ofrecieron ese contraste de paisajes citadino-artesanal del que ya les había hablado y esas son las pocas fotos que ahora les ofrezco. Terminé con las capturas y regresé rápidamente a donde había dejado la moto pues tenía que regresar al trabajo, misión que se me hizo casi imposible pues si leyeron bien el párrafo anterior ya habrán notado el error que cometí y ya estarán imaginando lo que me sucedió. Hasta en las cortas salidas en ciudad siempre me pasa algo anecdótico para contar.

Al inicio desconfiado, luego posó muy natural para la foto que encabeza esta historia.

Y después llamo a sus colegas, todos posando para la foto.

Pequeños botes de pesca artesanal bajo la gran ciudad.

Y bueno, llegué a la moto, busqué la llave para abrir el maletero y caí en cuenta que había guardado la llave en la casaca y ésta a su vez en el maletero. Se me heló el cuerpo ¿y ahora? tenía que regresar pronto al trabajo y San Isidro no está tan cerca que digamos. Felizmente con el apuro no había colocado bien la casaca y un pedazo de manga salia por debajo del asiento y haciendo más uso de la maña que de la fuerza pude sacar la casaca y la llave. Nuevamente monte la moto, esta vez para salir de ese rincón de ciudad donde el tiempo transcurre lento y sin prisas para correr hacía la zona de altos edificios donde esperar la luz roja del semáforo parece una eternidad.


Todas las fotos en el álbum de Facebook.


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17 de julio de 2013

Puerto Pizarro: mareas, cocodrilos y manglares


Puerto Pizarro nos había ofrecido una grata bienvenida, en el hospedaje y en el resturante nos habían atendido más que bien y luego de una noche de descanso ya estábamos preparados para continuar nuestro camino. ¡Ecuador, allí vamos! Pero antes hay que tomar desayuno.

Salimos del hospedaje y fuimos a buscar dónde comer. Era temprano y todo parecía estar cerrado. Decidimos dar una vuelta por la plaza. Un chico de unos 16 años se nos acercó y dijo: No desean visitar los manglares. Ir a los manglares no estaba en nuestros planes, sólo estábamos de paso. Nos negamos, pero seguía insistiendo, al final le dije que iríamos luego de desayunar y empezamos a caminar, nos siguió, eso me incomodó un poco. Cruzando la plaza encontramos un lugar abierto, una señora estaba barriendo afuera, le preguntamos si tenían desayuno, pensó un rato y nos dijo que sí. Pasamos al lugar y por fín nos deshicimos del muchacho del tour. 

Al entrar al restaurante nos dimos cuenta que quien barría era también la dueña del local. El lugar aún no estaba abierto, la señora solo estaba limpiando un poco. No tenían nada preparado para ofrecernos. Lo supimos porque luego de pedir lo que queríamos la señora salió a comprar el pan y papaya para el jugo que habíamos pedido. Nuevamente gozamos de esa disposición de la gente de Puerto Pizarro por hacer sentir bien a los visitantes, en otros lugares la respuesta habitual hubiera sido decirnos que aún no estaban atendiendo.

Mientras preparaban el desayuno, salí para tomar unas fotos al terminal pesquero, y vaya sorpresa, el chico del tour nos estaba esperando afuera y nuevamente insistió con el paseo por los manglares. Le dije que nos espere que íbamos a pensar si ir o no. Fui al terminal y los pescadores estaban descargando pescado, habían muchos botes en el agua, pelícanos nadando y fragatas volando por doquier. Allí se me acercó un señor, ofreció llevarnos a los manglares y me explicó el recorrido, eran 2 lugares menos de los que había mencionado el chico del tour, pero también costaba 50 soles menos. Me quedé pensando y le dije que le avisaría. Regresé a desayunar.

La cantidad de fragatas volando era impresionante.



Le pregunté a mi esposa si quería conocer los manglares, no estábamos muy animados, no le encontrábamos el atractivo a ver plantas que crecían en el lodo. La señora del desayuno se nos acercó y nos habló sobre los manglares, nos explicó también el porqué de las diferencias de precio y nos aconsejó que siempre pidiéramos rebaja. Lo que nos dijo la señora nos animó a ir y decidimos tomar el tour con el chico, "a cuánto nos dejas, mira que solo somos tres" ─le dijimos.

Lo que hay que saber sobre los tour a los manglares

Hay un gran oferta de tours para ir a los manglares, con precios que van desde los 30 hasta los 80 soles, el precio es independiente del número de personas que van en la embarcación, en otras palabras, van a cobrar los mismo si van 2 o si van 10. Si en su grupo son pocos, sería buena idea juntarse con otros visitantes para reducir el costo por persona.

Los precios también determinan lo siguiente: el tamaño del bote, el recorrido y si te esperan o no cuando bajas a las islas. A los botes los podemos dividir en grandes (de 8 a más personas) y pequeños (menos de 6 personas), obviamente los botes grandes cobran más y también son los que usualmente te llevan a recorrer más lugares.

Diferentes tamaños de botes para el tour.

El recorrido completo incluye los siguientes lugares:

  • la bahía
  • los manglares
  • el criadero de cocodrilos
  • la isla de los pájaros
  • la desembocadura del río
  • la isla del Amor 
  • la isla Hueso de Ballena 

Al elegir el tour hay que tener en cuenta a qué lugares te llevarán. Los tours que cuestan menos no te llevan a los lugares lejanos (criadero de cocodrilos e isla de los pájaros). Las personas que ofrecen los tours te enumeran los lugares que visitarán, lo malo es que no te dicen a qué lugares no te van a llevar y con ello puedes llegar a creer que conocerás todo por un bajo precio, y luego cuando te enteres que había más puntos que visitar pienses que te han engañado. Pero no, no te han engañado, al fin y al cabo el tour te costó menos, simplemente te han ofrecido un recorrido express. Así que si no te llaman la atención los cocodrilos y las aves, puedes tomar un tour corto y de paso ahorrar unas monedas.

El tour suele durar entre 1 y 3 horas, eso incluye bajar en alguna de las dos islas, ya sea para comer o para estar un rato en la playa (la verdadera playa de Puerto Pizarro está en las islas) y el bote se quedará a esperar. Los tours económicos te permiten bajar, pero no suelen esperar mucho.

Otro factor importante a tener en cuenta antes de visitar los manglares es el de las mareas. Estas cambian cada 6 horas y es mejor ir cuando recién llega la marea alta, recuerden que el tour toma entre 1 a 3 horas y si salen cuando está por llegar la marea baja el bote no podrá navegar con facilidad. Dicen que la bahía queda completamente seca dejando sólo una par de canales de poco más de un metro de ancho, yo no pude quedarme a comprobar eso.

Las mareas son importantes para navegar a través de los manglares. Poco a poco va quedando todo seco, lo que les permite caminar a esas pequeñas aves.

Y por último antes de subir al bote hay que pagar S/. 1.00 por el uso del embarcadero y S/. 3.50 por el boleto de ingreso al criadero de cocodrilos.

El paseo por los manglares

Subimos al bote, era uno grande y justo cuando el motor echo a andar una familia subió al bote que teníamos al lado, de haberlos visto antes les hubiera sugerido para unirnos y pagar menos. El conductor del bote era el mismo chico que nos ofreció el tour. Por un momento pensé que sería un paseo silencioso; pero luego de un súbito cambio de voz nuestro conductor empezó a describirnos la ruta con la típica forma de hablar, monótona y sin entonación alguna, que tienen aquellos guías de turismo que ya tienen un discurso aprendido de memoria.

No le prestaba mucha atención a lo que decía, hasta ese momento sólo era información precisa sobre lo que veíamos a nuestro alrededor, nada que no se pueda averiguar en Internet. Pero a medida que íbamos avanzando y luego de hacerle unas cuantas preguntas, algunas sobre los manglares y otras personales, se rompió el hielo, y volvió a hablarnos con su voz natural y lo que al principio era la típica descripción de un guía se convirtió en una conversación. El nombre de nuestro guía era Julián.

Primero dimos una vuelta por la bahía, Julián nos explicó que el agua era 60% agua dulce y 40% agua de mar y que esa mezcla permitía que se desarrolle el árbol de mangle, que a su vez servía de hábitat para muchas especies como las conchas de abanico, los cangrejos araña, algunos bichos e insectos, las aves de los manglares y finalmente iguanas. Y del mismo modo, todo este ecosistema se cerraba en una gran cadena alimenticia, las conchas comen de lo que encuentran en el lodo, los cangrejos se comen a algunas conchas y también a los bichos e insectos, las aves se comen a los cangrejos y las iguanas se comían los huevos de las aves, al final aves e iguanas morían para caer al lodo y convertirse en comida de cangrejos, conchas, bichos e insectos. Vaya círculo de la vida.

Luego entramos por un canal rodeado de mangles que se fue convirtiendo en un túnel natural, la experiencia fue sobrecogedora, dejas atrás el barullo del puerto y ahora solo escuchas a las aves, el agua cortada por la quilla del bote y el sonido del motor, la luz iba atenuándose a medida que los mangles rodeaban el canal, era como entrar en una de selva inexplorada donde sólo se escucha el lenguaje de la naturaleza. Una bonita sensación que se vio interrumpida por un barco en ruinas encallado en el lodo junto a una construcción de maya metálica y unos postes de alta tensión, toda la paz y armonía de la naturaleza se vinieron abajo.

Entrando a los manglares.

Túnel de mangles.

A pesar de arruinar la armonía del lugar salió una buena foto.

Y si se han preguntado por qué siempre cuento las aventuras en plural, pues allí estamos. Yesy, mi esposa y nuestra hija Camila, una pequeña viajera que ya empezó a recorrer el Perú desde los tres meses.

La primera parada fue el criadero de cocodrilos. Para ser honesto, siempre creí que en el Perú sólo habían caimanes, sin embargo, también hay cocodrilos. Julián nos explicó algunas de las diferencias. También nos contó que en esta zona no hay cocodrilos silvestres, porque los pescadores los matan. Todos los que existen están dentro de este criadero. Es una verdadera lástima que no podamos convivir en armonía con estos magníficos reptiles.

Bajamos del bote y entramos al criadero, Julián se quedó esperando en el pequeño muelle. Nuestra primera impresión fue la de por qué nos cobran la entrada si no había nadie que recibiera los boletos. Estuvimos como 10 minutos buscando a alguien para mostrar los boletos y para que nos mostraran el lugar. Nadie nos atendía y empezamos a recorrerlo por nuestra cuenta, en eso se nos acerca un señor con muy mal humor pidiendo nuestros boletos y regañándonos por entrar sin presentarlos. Le preguntamos quién nos podía guiar en el lugar y nos respondió que no había guías y que el recorrido es por nuestra cuenta. Gracias a los letreros informativos dedujimos que a los cocodrilos los tienen separados por edad en diferentes estanques. Luego, ya en Lima, nos enteramos que sí hay guías y que además uno se puede tomarse fotos sosteniendo a los cocodrilos pequeños. Este señor mal humorado trajo abajo la hospitalidad que Puerto Pizarro nos había ofrecido hasta el momento.



Este era el más grande, más de cuatro metros de largo.

La siguiente parada fue la Isla de los pájaros. Una isla formada por mangles y muy bulliciosa, no existe tierra visible en este lugar, y las aves viven sobre los árboles. Las embarcaciones suelen pegarse a los árboles para ver de cerca a las aves e, increíblemente, estas no salen volando, se quedan allí para que podamos observarlas y están tan cerca que es posible tocarlas. Julián nos contó que las aves prefieren habitar en esta isla porque es un refugio natural donde las iguanas no pueden comer sus huevos. La variedad de aves es enorme: fragatas, cormoranes, garzas blancas, azules y negras, gaviotas, y otras aves que ya olvidé como se llamaban.

Garza azul.

Fragata anidando.


Dejamos a las aves y nos dirigimos a la desembocadura del río, el lugar donde se mezclan las aguas. La marea ya estaba bajando y nos permitió apreciar como es que se crecen los mangles. Las semillas son como lápices que cuelga de forma vertical. Si cae cuando hay marea alta es una semilla perdida; pero si cae en marea baja esta semilla se clava en el lodo y empieza a echar raíces para crecer. El mangle es un árbol que está suspendido en el aire, el tronco casi nunca toca tierra, algunos tienen raíces aéreas que les permiten respirar, pero la mayoría tiene sus raíces sumergidas en el agua y solo se pueden ver cuando la baja marea .

Esa es la ocasión que los recolectores aprovechan para extraer las conchas de abanico y algunos cangrejos que viven en las raíces de los mangles. Julián nos explicó que es una tarea de mucho riesgo porque tienen que hacerlo teniendo en cuenta la marea, ya que el agua puede llegar a subir hasta dos metros, también tiene que cubrirse todo el cuerpo para evitar ser picados por arañas venenosas que viven en los manglares y evitar también las raspaduras y cortes con las ramas y raíces de los mangles, heridas que se infectarían fácilmente por estar en contacto con el lodo de los manglares. Así que la próxima que coman un rico cebiche de conchas negras acuérdense de lo que cuesta extraerlas.

Pequeños mangles en crecimiento. Al subir la marea, los troncos y raíces quedan sumergidos.

Cangrejo araña.

Un pescador de conchas de abanico esperando la marea baja para empezar su faena.

Llegar a la desembocadura del río fue decepcionante porque ni siquiera pudimos llegar. Julián nos explicó que para ir fuera de la bahía se tenía que tramitar un permiso con la capitanía y que por ese motivo no nos podíamos acercar mucho a donde estaban las olas. Lo único que pudimos notar fue que las olas del mar no revientan en la playa (islas), sino que mueren justo cuando se encuentran con el agua del río.

Luego seguían las islas del Amor y la Hueso de Ballena, cada una con su respectiva leyenda. El tour incluía bajar en alguna de ellas ya sea para estar un rato en la playa o para comer en los restaurantes. Ninguna de las dos opciones nos convenció. Lamentablemente, las playas de estas islas se veían sucias, botellas y bolsas de plástico, envolturas de golosinas, cáscaras de frutas, etc.  No era mucha la cantidad, pero malograban el paisaje. Además que el ambiente de los restaurantes era muy bullicioso, música a todo volumen que salía de de los restaurantes, ideal si desean hacer fiesta, pero nosotros buscábamos relajarnos. Pasamos de largo y tomamos rumbo hacia la bahía.

Lástima que no pudimos llegar hasta donde están las olas.

Esa es la playa en la isla Hueso de Ballena vista desde la bahía, al otro lado está el mar.

Nos dirigíamos al muelle, el paseo ya había finalizado y el recorrido por los manglares me pareció muy corto, más de la mitad del tiempo la habíamos pasado recorriendo la bahía. Así que directamente le pregunté a Julián si esos eran todos los manglares porque no se parecía en nada a lo que presentaron alguna vez en la televisión. Nos explicó que hay muchas zonas de manglares en Tumbes,  la de Puerto Pizarro es la más turística y accesible, y que el verdadero Santuario de los Manglares, los que vimos por la televisión, estaban unos cuantos kilómetros al norte, justo en la frontera con Ecuador. Eso fue una mala noticia porque uno genera una expectativa de lo que va a conocer que finalmente no concuerda con la realidad. Creo que sería bueno que nos explicaran eso antes de tomar algún tour.

Al llegar al muelle pudimos ver el efecto de la marea baja, mucho barcos y botes ya estaban sobre el lodo casi seco, lamentablemente no podríamos quedarnos y esperar a ver la bahía completamente seca. El viaje debía continuar sólo que ahora con un pequeño cambio de planes ya no continuaríamos hacía el norte y dejamos a Ecuador para otra oportunidad. Decidimos ir al sur, de regreso, pero entrando a todas las playas que nos provocaran.


Este barco quedo en tierra. Al fondo también se ve que va quedando todo seco.

Este mirador tiene su encanto, una vez arriba puedes ver a la aves volar frente a ti.



Puerto Pizarro nos encantó. A pesar de ser un pueblo chiquito que se puede recorrer completo en 15 minutos, demostró estar lleno gente de muy amable y dispuesta por hacerte sentir bien, además tiene un gran potencial turístico. Este es un lugar totalmente recomendado para descansar y tener un encuentro íntimo con la naturaleza.


Aquí les cuento nuestra experiencia para llegar a este puerto.

Puedes ver más fotos en el álbum de Facebook

Por: Jorge David Cachay Salcedo
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17 de abril de 2013

Puerto Eten


Era poco más de las 5:30 de la tarde, caminaba por la carretera con unos amigos, estábamos explorando el lugar en busca de leña para la fogata del campamento, el tiempo avanzaba y el sol iba descendiendo en la misma dirección que la carretera. El cielo, los árboles y los cerros de tierra y piedras se teñían de un tono amarillo. La tarde llegó a su fin y el sol desapareció en la dorada carretera al igual que un auto que se dirigía a ese misterioso lugar donde el sol moría. De regreso, sin leña, pero con algo de luz del ocaso, llegamos a donde se dividía la carretera, levanté la mirada y vi un letrero verde de esos que anuncian los desvíos. Decía Puerto Eten.

Eso sucedió hace más de 10 años y desde esa tarde siempre quise ir Puerto Eten, por ese motivo lo consideré en el itinerario de nuestro viaje al norte. Salimos de Cayaltí un poco antes de las cinco de la tarde calculando que llegaríamos a la carretera para Puerto Eten a tiempo para encontrar un paisaje parecido al que recordaba y poder tomarle fotos. Llegamos al desvío y tomamos esa carretera; pero el paisaje no estaba dorado, sino gris, el clima me había jugado en contra, el cielo estaba nublado y se veía niebla a lo lejos.

Llegamos a Puerto Eten, el panorama era similar al de la carretera. Buscamos la playa, allí unos cuantos bañistas dejaban ver sus siluetas cual fantasmas entre la bruma. Al lado izquierdo de la playa estaban preparando un escenario, seguro para algún concierto de fin de año. Continuamos hacia la izquierda en busca del muelle, y llegamos a un morro, desde allí pudimos ver al fin el muelle; pero ningún camino que nos lleve a él. Lo que si no esperabamos fue encontrar unos gallinazos de cabeza roja volando al ras del morro, no eran cóndores o águilas, pero verlos volar tan cerca, casi a la altura de nuestros ojos fue espectacular.

El largo muelle y uno de los gallinazos volando.

Fue complicado fotografiarlos en pleno vuelo y a contra luz.

Nos quedamos un rato ahí contemplando las aves, hasta que empezó a brillar un poco el sol. Bajamos del morro y buscamos algún camino que nos lleve al muelle, recorriendo algunas calles encontramos una en donde rieles gastadas sobresalían, eso era una buena señal porque antes los trenes que salían de las haciendas azucareras llegaban hasta el mismo muelle, seguimos por esa calle que se convirtió en una camino de tierra, de pronto el camino empezó a entrar a una especie de cañón algo lúgubre y solitario, como desde el morro había visto que el muelle salía desde el acantilado no quedaba duda de que ese era el camino.

El muelle sale desde el acantilado, no hay playa al rededor ni lugar donde estacionar.

Para llegar al muelle hay que atravesar esta especie de cañón.

Al llegar al muelle la sensación fue algo atemorizante, sólo imaginen, van por el cañón y de repente llegan al final y lo único que ven hacia los costados son las paredes del acantilado, lo que ven hacia abajo es el mar y lo único que les impide caer al agua si avanzan un metro más son los viejos maderos de un muelle que no tiene barandas a los costados. Una vez superada la impresión y al ver que había un par de carros estacionados sobre el muelle decidí subir a los maderos de éste y esperar a que resista el peso de tres vehículos.

Imaginen salir del cañón y encontrar esto.

El muelle era el único lugar donde estacionarse.

Obviamente, y a pesar de sus años, el muelle resistiría el peso de los tres vehículo y quizá mucho más, teniendo en cuenta que antes un tren ingresaba a él y recorría sus 830 metros originales. Actualmente el muelle tiene un poco más de 700 metros; el tiempo, dos maretazos y la falta de mantenimiento han ido mermando su longitud y ahora es usado sólo por pescadores y algunos surfistas que aprovechan su longitud para entrar bien adentro en el mar.

En el muelle corre mucho viento y hace frío, el viento es fuerte y como no hay barandas definitivamente no es buena idea acercarse al borde, esto me hizo pensar en lo peligroso que habría sido su construcción hace más de 140 años colocando viga por viga por casi un kilómetro adentro en un mar que no se caracteriza por ser tranquilo. Y así me puse a pensar en otros grandes muelles que conozco: Mal Abrigo, Pacasmayo y Pimentel y en cómo el auge económico de esos años llevó a la construcción de semejantes obras que hoy han quedado olvidadas.

Luego de la reflexión y tomar algunas fotos era hora de regresar y a pesar de que el muelle tiene más de nueve metros de ancho no me animé a dar una vuelta en U, así que simplemente retrocedí. Una vez en el cañón di la vuelta en U, éste es más estrecho y tuve que maniobrar más; pero era preferible maniobrar más y toparse con las paredes de tierra de un cañón estrecho a caer al mar por el borde de un muelle sin barandas. Esa tarde estábamos con marea alta, supongo que en marea baja no caeríamos al mar sino a la arena... fuera de bromas, cuando hay marea baja me imagino que se debe formar una atractiva playa bajo el morro y cerca del muelle.

La vista es impresionante.

Ese el el morro desde donde vi volar a los gallinazos. En marea baja esta debe ser una playa muy atractiva.

Era momento de retroceder para regresar.

Luego de maniobrar para salir del muelle seguimos directo por el cañón y por la calle de los rieles viejos hasta llegar a la Plaza de Armas, las nubes se estaban disipando y el ambiente estaba más colorido. Las casas de la calle que lleva al muelle y las de la plaza nos muestran lo próspero que fue Puerto Eten. Hay casas de todo tipo: anchas, angostas, las que parecen palacios, algunas habitadas y otras abandonadas. La iglesia es pequeña, pero de un diseño poco común y la plaza tiene una rotonda con bonitos detalles en su decoración. Al igual que Zaña, Puerto Eten nos recibió limpio, sus pistas estaban nuevas y bien señalizadas, esto es un ejemplo que otros pueblos o ciudades más grandes y con mayores recursos deberían seguir. Lo que sí no me gustó fue la cantidad de cables aéreos que invaden el cielo y rompen con la tranquilidad que ofrece el lugar.

Algunas casas son anchas.

Algunas son angostas.

Esta parece un pequeño palacio, lástima que esté abandonada.

La rotonda en el centro de la plaza tiene muchos detalles en su decoración.

La iglesia de Puerto Eten.

Y así terminó nuestra visita a Puerto Eten, me falto conocer el otro lado del pueblo, pero será para otra oportunidad, teníamos salir rápido para evitar el tráfico que se forma a la entrada a Chiclayo. No logramos evitar el tráfico, salimos a la carretera Panamericana y desde Reque (8 km antes de Chiclayo) hasta Chiclayo tuvimos que soportar mototaxis, autos, ticos, combis, camiones y buses que se peleaban por adelantarse unos a otros en ambos sentidos de la carretera. Al final llegamos a Chiclayo poco más de las siete y algo de siete horas también de haber dejado Pacasamyo. Al llegar a casa de papá, él nos dijo que de Puerto Eten a Chiclayo hay una nueva pista que pasa por Monsefú y no hay nada de tráfico. Ni modo, será para la próxima.


Antes de llegar estuvimos en Zaña y Cayaltí y luego continuamos hacia el norte.

Puedes ver más fotos en el álbum de Facebook.


Mapa: Llegar al muelle sin conocer es algo complicado, aquí les dejo la ruta. Si luego quieren ir a Chicalyo, es preferible tomar la pista que pasa por Ciudad de Eten y Monsefú, así se evitarán el tráfico de la carretera Panamericana.

Por: Jorge David Cachay Salcedo
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20 de marzo de 2013

Pacasmayo


Luego de llegar a Trujillo y pasar Navidad con la familia decidimos emprender nuestra migración vacacional hacia el norte, el objetivo era llegar hasta Quito, pero el tiempo nos jugó en contra y tuvimos que dar media vuelta en Puerto Pizarro, Tumbes. Con este post quiero empezar a contarles sobre todos los lugares que pudimos visitar en esa semana. Empezaré con nuestra primera parada: Pacasmayo.

Mi niñez estuvo repartida en tres lugares, uno de ellos fue Pacasmayo, y de este puerto tengo bonitos recuerdos, por supuesto lo mejor de todo era el verano, tres meses sin colegio ─sí, antes eran tres meses de vacaciones─ en los que podía ir todos los días a la playa. Hoy puedo decir que Pacasmayo es un viejo conocido para mí y por este motivo no había planeado parar más que para saludar a la familia y comer unos chupetes de fruta con leche de los que les hablaré luego, además Pacasmayo tiene una playa muy concurrida y, a pesar que es una de mis favoritas, nosotros estábamos en busca de playas más tranquilas para pasar los días de vacaciones. Sin embargo, no pude resistir la invitación de mi prima para comer, y terminé quedándome dos días en este lugar ─los que han probado la comida del norte entenderán por qué me fue difícil partir sin antes comer─. Esos dos días aproveché para tomar algunas fotos e ir a la playa, y hoy aprovecharé la ocasión para contarles un poco de mi querido Pacasmayo.

Hubo un tiempo en que Pacasmayo fue uno de los puertos más importantes del Perú, su largo muelle con 540 metros y su gran estación de ferrocarril son mudos sobrevivientes de aquellos años. Esos tiempos ya pasaron, hoy Pacasmayo no es el gran puerto de antaño; sin embargo aún goza de gran acogida gracias a su balneario, especialmente para Año Nuevo y Semana Santa, fechas en que está lleno de visitantes. Y si son de los que han visitado varias veces la playa de Pacasmayo quizá se hayan dado cuenta de lo que sucede cuando sube y baja la marea, si no se dieron cuenta o si nunca fueron a Pacasmayo aquí les contaré de qué se trata.

En su mejor época los ferrocarriles entraban al muelle para cargar los barcos.

La playa

Cuando era niño la playa a la que íbamos era todo lo que abarcaba el malecón y a lo mucho llegábamos unas decenas de metros más al sur, hasta donde hay una peña, en esa época casi nadie iba hasta el faro. Ahora los tiempos han cambiado, la playa que está en el faro goza de mayor popularidad, a pesar de eso sólo he ido un par de veces en toda mi vida, lo que sí les puedo contar es que ésta es la preferida de los que practican tabla, bodyboard, windsurf y kitesurf.

En cambio, la playa del malecón la conozco muy bien, podría decir que es la única a la que podría ingresar sin ningún temor ─siempre hay que tenerle respeto al mar─ y justo porque la conozco bien hoy les quiero contar de algo curioso que sucede con cada marea.

Lo usual en todo el largo del malecón, y un poco más allá, es encontrar una playa de piedras, algunas tan grandes como un coco y otras pequeñas como un limón, luego una angosta franja de arena y después el mar, las olas son medianas y no hay que meterse muy adentro en el agua para notar que el mar se va haciendo profundo. Si la marea llega a subir mucho las olas pueden llegan a reventar al pie del malecón, esto generalmente ocurre por las noches.

Usualmente la playa de Pacasmayo es así de pedregosa.

Pero si vamos cuando hay marea baja encontraremos una playa totalmente distinta. El mar llega a retirarse hasta unos 50 metros desde el malecón, las piedras han desaparecido por completo y todo es arena, las olas son muy bajas y el mar no es profundo, tanto así que tranquilamente podemos entrar otros 50 metro mar adentro y el agua a lo mucho nos llegará a las rodillas.

Cuando baja la marea las piedras desaparecen y la playa es más amplia. De haber sabido que escribiría sobre esto enfocaba más a la izquierda.

Estos son los puntos extremos de esta singular playa, a veces arena pura, otras puras piedras. Sé que todas las playas del mundo cambian según la marea, pero el ingrediente extra, lo peculiar, el misterio sin resolver son las piedras que llegan a desaparecer por completo y esto casi siempre sucede durante la noche, así que una tarde dejas a la playa llena de piedras y al día siguiente desaparecieron o viceversa. ¿Y a dónde van las piedras cuando baja la marea? ¿Cómo es que regresan? Son buenas preguntas, para responderlas tengo algunas teorías: La primera es que las piedras son tapadas por la arena; pero no, donde estuvieron las piedras no queda nada, solo arena plana y pareja. La segunda es que las olas las arrastra mar adentro; pero al entrar al agua todo sigue siendo arena. Por último y creo que es la que mejor puede explicar este fenómeno es que cada cierto tiempo la municipalidad retira las piedras para limpiarlas y darles mantenimiento... no, lo último no lo dije en serio. En fin, hasta que descubramos la respuestas sigamos disfrutando de una playa diferente con cada marea.

Olvidaba un dato importante para que tengan cuidado, con marea baja el mar es poco profundo, el agua es cristalina y pueden ver donde pisan; sin embargo hay ocasiones en que a unos metros de la orilla se formar pozos, podría ser que estén caminando tranquilamente dentro del agua y al siguiente paso se hunden con el agua llegándoles hasta el cuello, no es peligroso si saben nadar; pero a veces el susto genera pánico y eso no es bueno. Lo que deben saber es que estos pozos no son muy extensos, unos cuantos pasos o pataleos más y nuevamente saldrán a la superficie en una especie de banco de arena.

Esto muestra lo que les explicaba en el párrafo anterior.

El puerto

Pacasmayo es un lugar con mucho movimiento y comercio, ha crecido en la periferia, y a pesar de eso la vida pasa sin apuros y hasta parece que el tiempo se ha detenido, basta decirles que ha cambiado poco, casi nada, desde el último verano completo que pasé allá en el 2004.

Al acercarnos a este puerto por la carretera, ya sea desde el norte o desde el sur, lo primero que encontramos son los campos de arroz llenos de verdor que contrastan con los arenales que los rodean, también desde lejos se divisa la fábrica de cemento y si es de noche sus luces encendidas nos brinda una vista espectacular.

De estos campos sale el mejor arroz.


El verdor del arroz contrasta con el árido desierto.

La fábrica de cemento.

La topografía de Pacasmayo es como una U, llegando del sur, la carretera va de bajada para entrar al puerto, y para ir al norte, nuevamente hay que subir, y así está distribuido el pueblo en parte alta, parte baja y nuevamente parte alta. La parte alta del lado norte aún no está muy poblada y allí también encuentra su extenso cementerio con una estatua de Cristo a la entrada de donde se tiene una bonita vista del muelle y el malecón.

Al fondo se ve el cementerio y la estatua de Cristo. Y sí, la foto está algo rara.

Hace unos 15 años aún se podían ver las grúas de carga en la punta del muelle.

En la parte baja está la avenida 28 de Julio con sus ficus formados en línea en toda su extensión, todos muy parejos. Esta avenida comienza en el Paseo de la Paz, un parque muy interesante, luego pasa por la antigua estación del ferrocarril y termina en el muelle, de aquí a la izquierda comienza el malecón que se extiende por más de 300 metros hasta terminar en el club Pacasmayo y la plaza Bolognesi, a lo largo del malecón encontrarán casas muy bonitas, algunas muy bien conservadas y otras casi en ruinas, también están dos de los hoteles más importantes y la plaza Grau que tiene como fondo unas escaleras que suben a la Iglesia Nuestra Señora de Guadalupe. A una cuadra de la iglesia está la plaza de armas, la única de todas las que conozco donde no hay iglesia, sólo hay casas, la municipalidad y el Banco de Crédito que, como decía mi abuelo, es la agencia del BCP más grande de todo el Perú, hay que aclarar que es más la grande proporcionalmente hablando dado que ocupa una manzana completa. De aquí nuevamente empieza la subida, algunas calles son tan empinadas que son un verdadero desafío al volante tanto para subir como para bajar por ellas.

Avenida 28 de Julio y sus ficus. Junto al malecón mis lugares preferidos para andar en bicicleta.

Antigua estación del ferrocarril, hoy casa de la cultura.

El malecón.

Lo que escribiré a partir de aquí es totalmente subjetivo pues me dejaré llevar por el cariño que le tengo a este lugar, y es que en Pacasmayo encontrarán las mejores humitas y tamales del Perú, en realidad las preparan en San Pedro de Lloc, capital de la provincia de Pacasmayo. No sé si habrá cambiado la manera en que anuncian y venden estos productos, pero cuando era niño, las señoras tamaleras venían de San Pedro con sus canastas de carrizo tejido y dentro los tamales y humitas envueltos con muchos manteles para que no se enfríen, las tamaleras solían anunciar su producto gritando con sus potentes voces: "humitas tamaaaleeeeee", y era allí cuando mi abuelo salía a comprarnos nuestra dosis de sabor. Los más ricos eran los de la señora Margarita ¿Qué será de ella?

Club Pacasmayo.

Iglesia de Pacasmayo.

De Pacasmayo y sus alrededores sale el mejor arroz, un arrocito tan sabroso que basta con agregarle sal y aceite para que salga rico y no importa si es del día anterior, igual se mantiene rico. Cuando vine a vivir a Lima no encontraba ningún arroz que me gustara y no me quedaba otra que pedir que me envíen mi saco de arroz de Pacasmayo.

Si van a Pacasmayo no pueden irse sin antes probar los chupetes de fruta con leche de Barrenechea, aquí les dejo la dirección: una tienda en una casa en la esquina de Jr. Washington con Jr. Espinar, y a que no pueden comer sólo uno...

Antigua Agencia de Aduanas. Hoy está abandonada y derrumbándose.

Un pescador entrenando pelícanos.


Modelo típico de casas en una de las calles de Pacasmayo.
Y como no mencionar a la Panadería Victoria y sus ricos panes, quizá existan panes más exquisitos y sofisticados; pero estos pancitos con pescado frito sarza de cebolla y café para el desayuno es de lo más simple y delicioso que se puede probar o simplemente una tradicional pastelada con mantequilla es suficiente para revivir mis viejos recuerdos de la infancia. Hoy en tiendas Metro podemos encontrar esas pasteladas en tamaño gigante las llaman con otro nombre: cachangas de Piura o algo así; pero en Pacasmayo las llamamos pasteladas.

Mejor aquí paro porque si no empezaré a aburrirlos contándoles todos mis recuerdos, y de esta manera termino la sección de gustos subjetivos.

En realidad no pensaba escribir tanto de Pacasmayo, pero me dejé llevar. Y para terminar les contaré que a pesar del calor el clima es fresco gracias al viento constante que corre en el lugar, hay buenos hoteles y hospedajes para quedarse, también encontrarán muy buenos restaurantes y no olviden probar los chupetes que les contaba. En esta ocasión no hay ninguna aventura con el auto, porque la ruta es más que fácil, simplemente seguir la carretera Panamericana 100 km al sur desde Chiclayo o 100 km al norte desde Trujillo.

Y así dejamos Pacasmayo luego de dos días de comer delicioso y recordar viejos tiempos, nuestro próximo destino era Chiclayo, el tiempo de viaje habitual es de hora y media, pero nosotros llegamos en casi 7 horas, en la próxima aventura les contare sobre los dos lugares visitamos (primero este, luego este otro) antes de llegar a La Ciudad de la Amistad.

Otros lugares para conocer cerca a Pacasmayo

  • San Pedro de Lloc, lugar de los mejores tamales y humitas del Perú, y donde vivió y termino sus días el sabio Antonio Raimondi, su casa ahora es un museo.
  • Guadalupe, donde encontrarán unos sandwich de pavo que no tienen comparación.
  • El Bosque de Cañoncillo con su desierto, oasis y zona arquelógica.
  • Jequetepeque, un pueblo muy limpio y pintoresco, aquí es donde se produce y envasa el yogurt Yoleit.
  • Complejo arquelógico de Pakatnamú, importante centro administrativo y ceremonial de la cultura Chimú.

Esta aventura continua aquí.

Puedes ver más fotos en el álbum de Facebook.


Por: Jorge David Cachay Salcedo
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